Ella y El Mundo
Alex
Como cada mañana sonó puntual su despertador, y como cada comienzo de semana, odió que fuera lunes. Perezosa, hizo callar el estridente sonido del reloj y se dio media vuelta en la cama.
- Arriba Bea. - Pensó, pero su cuerpo no hacía caso a lo que su responsable cabeza decía.
Al cabo de un par de minutos se destapó y sintió el frío de la mañana en sus brazos desnudos, se sentó en la cama mientras se ponía las zapatillas, y luego mientras se desperezaba, fue hacia la ventana para subir la persiana. Allí se quedó durante unos instantes, contemplando el ajetreo que tenía la calle a esas horas.
Esto, lo repetía cada mañana como si fuera un ritual.
Tras una ducha rápida, desayunó mirando por la ventana mientras ordenaba los pensamientos su cabeza después de varios días "locos".
Una vez que estuvo preparada, cogió el bolso, el móvil y las llaves y se miró en el espejo de la entrada, sintiendo al ver su imagen reflejada que hoy se comería el mundo.
Condujo durante unos 15 minutos casi sin prestar atención, tenia el recorrido grabado a fuego en su cabeza, hasta que llego al lugar donde se encerraba durante horas, donde había días que sabía la hora a la que entraba, pero no la hora de su salida.
Fue saludando a algunos de sus compañeros que pasaban por "su" sitio. Mientras soltaba el bolso y colgaba su chaqueta en la percha, vio a Alex al fondo del pasillo. Alex es el "nuevo", aunque ya hacía algo más de un año que trabajaba allí. Al principio todas las chicas admiraban su imagen, y sobre todo su trasera; y es que, aunque no fuera un hombre realmente guapo, si que había algo en el que hacía que tus pensamientos fueran más allá que las palabras.
Pasados los primeros meses, y con ellos la novedad, la admiración hacia Alex disminuyó.
Y entonces llegó la navidad y la consabida cena de empresa que por estas fechas se organiza, en la que hay que reunirse y aparentar simpatía con todos los compañeros y especialmente con el jefe. Y fue cuando, al terminar la cena y ya la mayoría se marchaba a casa, cuando Alex se atrevió a hablar con Bea. No es que fuera la primera vez que lo hacía, pero nunca pasaban de hablar de algún asunto que tuviera que ver con el trabajo, y mucho menos fue en horas no laborales.
-Hola, Beatriz.
-Hola, pero dime Bea, Beatriz me suena... no sé... demasiado oficial.
-Entonces empezaré de nuevo: Hola, Bea.
-Así está mejor -dijo con una sonrisa-. ¿Ya para casa?
-Eso parece, pero yo venía a invitarte a tomar algo por aquí cerca, ¿te apetece?
-Uhm... bueno, no es muy tarde, y tampoco tengo ganas de llegar a casa. No tengo de todas maneras nadie que me espere.
-Bueno, pues tu dirás a donde ir. No conozco la zona.
Después de algunas copas y de una larga charla sobre asuntos del trabajo y cosas poco importantes, comenzaron a hablar sobre ellos, de sus vidas, de lo más trascendental hasta casi lo más íntimo.
Y se hizo tarde, y la conversación y los ánimos dio pie a que Alex le invitara a tomar la última en su piso. Bea aceptó, no sin antes pensar en la negativa, pero le apetecía que la noche siguiera un poco más. Salieron del abarrotado local en el que estaban y caminaron durante un rato hasta llegar al piso donde él vivía.
Una vez dentro le invitó a sentarse y a tomar algo. Hablaron un rato más, hasta que llegó un momento en el que sus labios se encontraron en un mismo punto. Al principio eran besos tímidos, casi se podría decir que eran besos de reconocimiento. Luego dieron paso a otros más salvajes, donde las lenguas se abrían paso en la boca del otro y las manos empezaban a actuar por su cuenta buscando el cuerpo del otro.
Primero, las de Bea fueron a parar a su cabeza, para ir descendiendo por su cuello, hombros y hacia la espalda, este continuo baile arriba y abajo siguió durante unos minutos. Las de él, empezaron en su cuello y fueron descendiendo por sus brazos, para luego saltar hacia el comienzo de sus pechos. Este cambio en el juego la sorprendió e hizo que su libido continuara en ascenso. Ya se buscaban con deseo y desesperación; y el pudor había desaparecido junto con algo de ropa. Entonces él propuso un cambio de sitio. Se pasaron a la habitación y se tiraron a la cama.
Allí ya la lujuria se hizo dueña de sus cuerpos. La ropa terminó de desaparecer. Las caricias cada vez abarcaban zonas antes inexploradas y los besos fueron cambiando de posición. Alex empezó a bajar por su cuello, besándolo suavemente, en sus pechos se detuvo algo más y se ayudaba de sus manos a la hora de repartir las caricias. Besaba y mordía sus pezones que ya hacía rato que habían reaccionado a las caricias. Continuó bajando por su abdomen, llenándolo de besos, los mismos que hacían cosquillas a Bea. Siguió besando y acariciando llegando hasta sus muslos para volver a sus labios.
El juego siguió y también se repartieron besos por el cuerpo de él. Pero ya se iba buscando algo más, algo que ambos deseaban hacer. Ella le pidió que se tumbara, y se colocó sobre él. Jugo un poco más, le hizo sufrir, le hizo desearlo más y con más intensidad si cabe. Y cuando ya no lo esperaba, comenzó a hacerle parte de ella, de su cuerpo. Entonces, retrocedió, y le miró con picardía. Sabía lo que él quería, y sabía cuanto disfrutaba haciéndole eso, haciéndose desear. Se acercó hasta sus labios y casi sin rozarlos, los besó dulcemente. Y con un rápido movimiento de su cuerpo, le hizo parte de ella. Y ya su cuerpo no obedecía a ninguna ley, tomó vida propia y se movió, y continuó así durante varios minutos.
Y la noche continuó, y con ella el sexo. Hasta que cayeron rendidos por el placer.
Entonces, y solo entonces, se dio cuenta que lo había vuelto a hacer, pero no se sintió mal. Sintió que lo había deseado, que lo había querido, y sobre todo disfrutado.
][ hEZz ][
- Arriba Bea. - Pensó, pero su cuerpo no hacía caso a lo que su responsable cabeza decía.
Al cabo de un par de minutos se destapó y sintió el frío de la mañana en sus brazos desnudos, se sentó en la cama mientras se ponía las zapatillas, y luego mientras se desperezaba, fue hacia la ventana para subir la persiana. Allí se quedó durante unos instantes, contemplando el ajetreo que tenía la calle a esas horas.
Esto, lo repetía cada mañana como si fuera un ritual.
Tras una ducha rápida, desayunó mirando por la ventana mientras ordenaba los pensamientos su cabeza después de varios días "locos".
Una vez que estuvo preparada, cogió el bolso, el móvil y las llaves y se miró en el espejo de la entrada, sintiendo al ver su imagen reflejada que hoy se comería el mundo.
Condujo durante unos 15 minutos casi sin prestar atención, tenia el recorrido grabado a fuego en su cabeza, hasta que llego al lugar donde se encerraba durante horas, donde había días que sabía la hora a la que entraba, pero no la hora de su salida.
Fue saludando a algunos de sus compañeros que pasaban por "su" sitio. Mientras soltaba el bolso y colgaba su chaqueta en la percha, vio a Alex al fondo del pasillo. Alex es el "nuevo", aunque ya hacía algo más de un año que trabajaba allí. Al principio todas las chicas admiraban su imagen, y sobre todo su trasera; y es que, aunque no fuera un hombre realmente guapo, si que había algo en el que hacía que tus pensamientos fueran más allá que las palabras.
Pasados los primeros meses, y con ellos la novedad, la admiración hacia Alex disminuyó.
Y entonces llegó la navidad y la consabida cena de empresa que por estas fechas se organiza, en la que hay que reunirse y aparentar simpatía con todos los compañeros y especialmente con el jefe. Y fue cuando, al terminar la cena y ya la mayoría se marchaba a casa, cuando Alex se atrevió a hablar con Bea. No es que fuera la primera vez que lo hacía, pero nunca pasaban de hablar de algún asunto que tuviera que ver con el trabajo, y mucho menos fue en horas no laborales.
-Hola, Beatriz.
-Hola, pero dime Bea, Beatriz me suena... no sé... demasiado oficial.
-Entonces empezaré de nuevo: Hola, Bea.
-Así está mejor -dijo con una sonrisa-. ¿Ya para casa?
-Eso parece, pero yo venía a invitarte a tomar algo por aquí cerca, ¿te apetece?
-Uhm... bueno, no es muy tarde, y tampoco tengo ganas de llegar a casa. No tengo de todas maneras nadie que me espere.
-Bueno, pues tu dirás a donde ir. No conozco la zona.
Después de algunas copas y de una larga charla sobre asuntos del trabajo y cosas poco importantes, comenzaron a hablar sobre ellos, de sus vidas, de lo más trascendental hasta casi lo más íntimo.
Y se hizo tarde, y la conversación y los ánimos dio pie a que Alex le invitara a tomar la última en su piso. Bea aceptó, no sin antes pensar en la negativa, pero le apetecía que la noche siguiera un poco más. Salieron del abarrotado local en el que estaban y caminaron durante un rato hasta llegar al piso donde él vivía.
Una vez dentro le invitó a sentarse y a tomar algo. Hablaron un rato más, hasta que llegó un momento en el que sus labios se encontraron en un mismo punto. Al principio eran besos tímidos, casi se podría decir que eran besos de reconocimiento. Luego dieron paso a otros más salvajes, donde las lenguas se abrían paso en la boca del otro y las manos empezaban a actuar por su cuenta buscando el cuerpo del otro.
Primero, las de Bea fueron a parar a su cabeza, para ir descendiendo por su cuello, hombros y hacia la espalda, este continuo baile arriba y abajo siguió durante unos minutos. Las de él, empezaron en su cuello y fueron descendiendo por sus brazos, para luego saltar hacia el comienzo de sus pechos. Este cambio en el juego la sorprendió e hizo que su libido continuara en ascenso. Ya se buscaban con deseo y desesperación; y el pudor había desaparecido junto con algo de ropa. Entonces él propuso un cambio de sitio. Se pasaron a la habitación y se tiraron a la cama.
Allí ya la lujuria se hizo dueña de sus cuerpos. La ropa terminó de desaparecer. Las caricias cada vez abarcaban zonas antes inexploradas y los besos fueron cambiando de posición. Alex empezó a bajar por su cuello, besándolo suavemente, en sus pechos se detuvo algo más y se ayudaba de sus manos a la hora de repartir las caricias. Besaba y mordía sus pezones que ya hacía rato que habían reaccionado a las caricias. Continuó bajando por su abdomen, llenándolo de besos, los mismos que hacían cosquillas a Bea. Siguió besando y acariciando llegando hasta sus muslos para volver a sus labios.
El juego siguió y también se repartieron besos por el cuerpo de él. Pero ya se iba buscando algo más, algo que ambos deseaban hacer. Ella le pidió que se tumbara, y se colocó sobre él. Jugo un poco más, le hizo sufrir, le hizo desearlo más y con más intensidad si cabe. Y cuando ya no lo esperaba, comenzó a hacerle parte de ella, de su cuerpo. Entonces, retrocedió, y le miró con picardía. Sabía lo que él quería, y sabía cuanto disfrutaba haciéndole eso, haciéndose desear. Se acercó hasta sus labios y casi sin rozarlos, los besó dulcemente. Y con un rápido movimiento de su cuerpo, le hizo parte de ella. Y ya su cuerpo no obedecía a ninguna ley, tomó vida propia y se movió, y continuó así durante varios minutos.
Y la noche continuó, y con ella el sexo. Hasta que cayeron rendidos por el placer.
Entonces, y solo entonces, se dio cuenta que lo había vuelto a hacer, pero no se sintió mal. Sintió que lo había deseado, que lo había querido, y sobre todo disfrutado.
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Bea. Beatriz. Bea
Bea es una chica normal en su apariencia. Tan normal como cualquier otra chica que puedas ver un día normal, en una ciudad normal, haciendo cosas normales. Tiene veintimuchos, pero, si la miras a la cara, mientras su sonrisa te muestra sus dientes, puede que una cierta inocencia te haga pensar que tiene menos edad que la que marca su DNI. No es una mujer llamativa, ni exuberante; tiene las curvas suficientes para hacerla atractiva ante los ojos de quienes buscan algo más que una cara. No obstante, la cara que acompaña a su cuerpo es bonita. Tiene los rasgos marcados, con el cabello largo y oscuro. Sus ojos grandes y almendrados están coronados por unas perfiladas cejas del mismo color que su melena. La nariz está en su justa medida, ni muy grande ni muy pequeña, recta y fina. Los labios son, sin duda, lo que más le gusta de ella, el de abajo un poco más grueso que el superior, de un color rosado; además esconden unos dientes blancos y ordenados como si se hubiera hecho con mucho mimo.
Su cara termina con un mentón cuadrado, bien marcado, el cual, en muchas otras personas puede quedar demasiado exagerado, pero que hacen de su cara algo que gusta mirar. Sobretodo si acompañamos todo esto con una tez dorada, entonces tenemos sin duda una de las caras que más gustan ver.
Su metro setenta de estatura hace que no sea bajita, y le da la suficiente altura para ver el mundo desde una buena perspectiva, la suya.
Bea vive sola. Y le gusta. Le gusta vivir en su pequeño mundo y reinar en él. Le gusta disponer de su independencia y no tener a nadie encima ordenándole que hacer en cada momento o donde poner cada cosa. Para eso ya tenia a su jefe.
Que esa es otra, su trabajo. Si le preguntaras a que se dedica, te respondería como con un suspiro que ES abogada y seguidamente te cuenta que trabaja en un bufete de abogados, pero, que es más bien la secretaria de todos, ya que rara vez le han dejado llevar algún caso y eso, si ha ocurrido es cuando nadie mas lo quería.
Bea se considera una mujer de su tiempo, sin grandes extravagancias, inteligente (aunque pueda sonar engreído). Una mujer que sabe lo que quiere en su vida y a la que le gusta disfrutar de sus placeres, como su música, sin la cual no concibe su vida. Disfruta también cuando conduce sin destino o cuando se tumba en la cama a pensar y siente que es lo único que puebla el universo, ella y su cama, el resto de seres no existen y lo único que le rodea, cómo si estuviera en órbita, es su pensamiento.
Pero hay algo que preocupa a Bea. Algo que ha menudo le hace pensar y sentirse sola en su pequeño universo del tamaño de su colchón. Porque aunque le guste y disfrute de su independencia en casa, le gustaría llegar y tener ese hombre perfecto que ella quiere. Ese hombre que aunque no exista se podría crear recortando los rasgos que ella imagina de cualquier revista.
Le gustaría tenerlo para compartir interminables charlas de cualquier cosa, risas, abrazos y demás momentos erótico-románticos.
Muchas veces creyó haber encontrado a 'su' hombre para después darse cuenta que no lo es al encontrarlo dormido bajo sus sábanas a la mañana siguiente.
Este era su problema, tenía una gran carencia de alguien que la escuchara y comprendiera, amara y mimara. Pero ella sólo llegaba a encariñarse rápidamente para luego ver que no era eso lo que iba buscando para establecer el equilibrio en su vida.